A veces tenemos miedo. Miedo a nosotros mismos, a equivocarnos, a salir heridos, a que la armadura no resista otro embate más. Tenemos miedo y no lo reconocemos. Aparentamos ser fuertes, seguros, firmes, solo para que los demás no descubran ese temor. Nuestras dudas nos hacen temblar como una hoja, sin embargo nos lo guardamos para que nadie sepa cuán asustados estamos. Ni siquiera nosotros mismos. Y no queremos admitir que cruzar el puente hacia lo que no sabemos, nos aterr a. Porque la otra opción es quedarnos de este lado y volver hacia atrás. Y eso, amigos, es como pedirle a un esclavo que recuperó su libertad que vuelva a colocarse él mismo las cadenas que lo ataban a la infelicidad. Y no nos queda otra opción que jugarnos. Cruzar el puente, aún sabiendo que es frágil, que a mitad de camino puede romperse, que podemos caer sin saber si abajo hay un río o sólo piedras. Que quizás del otro lado no haya absolutamente nada. Ó, quizás, exista algo que realment...