Estado N° 146 (9 de agosto de 2017).
De vez en cuando, al mirar hacia atrás, surge cierta nostalgia por
eso que no fue. Simplemente por la energía que pusimos en el intento de
encontrar fuera de nosotros, lo que por naturaleza está adentro.
Y quizás por accidente nos topamos con alguna foto, con algún recuerdo que nos habíamos olvidado, algo que nos detona pensar, otra vez erróneamente, si nos faltó hacer algo para lograr alcanzar eso que se nos escapó. Porque, de un modo u otro, seguimos pensando que fuimos nosotros los que no hicimos algo bien.
Y quizás por accidente nos topamos con alguna foto, con algún recuerdo que nos habíamos olvidado, algo que nos detona pensar, otra vez erróneamente, si nos faltó hacer algo para lograr alcanzar eso que se nos escapó. Porque, de un modo u otro, seguimos pensando que fuimos nosotros los que no hicimos algo bien.
De repente salta a la luz una verdad rotunda e imposible de negar, el
amor no es una carrera de obstáculos en donde debemos jugarnos la vida
para demostrar que amamos y llevarnos el premio. El amor no se sube a un
cajón para ser subastado y ver quien puja más alto para irse con quien
más puede apostar. El amor no se queda mirando como hacen malabares
quienes intentan alcanzarlo, para elegir al que más volteretas hizo, o
al que menos pelotitas se le cayeron.
El amor, el verdadero, no pone en riesgo al otro, no lo subestima, no le hace sentir que debe competir con otros rivales y que para mantener el sentimiento, debe ser sometido a pruebas. El amor fluye, se deja llevar, cuida, y elige sin poner en riesgo ni lastimar a nadie.
Entonces, cuando esa verdad se instala, volvemos a mirar el recuerdo que disparó nuestro posible sentimiento de culpa y lo guardamos en el fondo del cajón del que no debió salir, o lo llevamos al tacho de basura en donde debía haber estado desde hace mucho tiempo. ¡Feliz miércoles!
El amor, el verdadero, no pone en riesgo al otro, no lo subestima, no le hace sentir que debe competir con otros rivales y que para mantener el sentimiento, debe ser sometido a pruebas. El amor fluye, se deja llevar, cuida, y elige sin poner en riesgo ni lastimar a nadie.
Entonces, cuando esa verdad se instala, volvemos a mirar el recuerdo que disparó nuestro posible sentimiento de culpa y lo guardamos en el fondo del cajón del que no debió salir, o lo llevamos al tacho de basura en donde debía haber estado desde hace mucho tiempo. ¡Feliz miércoles!
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