Estado N° 51 (7 de febrero de 2017).

Hay personas que no entienden, que jamás aprenderán que la vida es un entramado, que sus opciones no tienen por qué ser las mías y que aprendí a hacerme responsable de las decisiones que tomo sin culpar a los demás y sin lavarme las manos.

Sí, me equivoqué y muchas veces, y seguramente me seguiré equivocando porque a la sabiduría se llega cometiendo errores. Intentando algo y cayendo. Volviendo a empezar,  con las manos vacías, con los pies rotos, pero con el alma intacta y una fe inquebrantable.

Conocí la traición,  el dolor, la amistad, el amor. Supe rehacerme, cada vez con un material nuevo adquirido por la experiencia, venciendo a mis demonios y logrando la paz.

Aprendí que la vida es una enorme maestra, que nos repite las lecciones hasta que estemos dispuestos a aprenderlas y que todo tiene una razón,  un por qué,  un motivo que escapa a nuestra comprensión, pero en algún momento llegamos a interpretar. Estaba escrito que así sucediera, porque teníamos algo que aprender o, quien dice, algo que enseñar.

Todos somos maestros y alumnos a la vez. Involuntariamente enseñamos más de lo que pensamos y tenemos la oportunidad de aprender todo lo que otros están dispuestos a mostrar.

Qué hacemos con esas oportunidades, como asumimos nuestros errores, por qué hacemos oídos sordos incluso al nuestro propio corazón será el gran examen final, que determinará si fuimos felices o nos empecinamos en mantener por la fuerza algo que murió hace tiempo. ¡Feliz martes! ¡Feliz renacimiento!

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