Estado N° 173 (3 de diciembre de 2017).

Reflexión final:

A veces creo que no nos damos cuenta del diminuto espacio que ocupamos en el universo. Y nuestras mentes, pequeñas, sólo observan lo que pasa frente a nuestras narices y lo toma como la verdad más absoluta.

Los seres humanos pecamos en creernos los Reyes de "La creación", creencia reforzada en religiones que nos atribuyen un surgimiento divino y espontáneo, asociandonos a seres inalcanzables y superiores, sin notar que tan solo somos una micripartícula de polvo en un universo cuya magnitud jamás vamos a sospechar.

Vivimos en una guerra constante con lo que nos rodea porque simplemente no aceptamos al otro si no se nos parece. Lo rechazamos por diferente, aún cuando debajo de la piel tengamos la misma estructura y casi idéntica anatomía. Nos asusta pensar en qué poder tiene quien no pertenece al círculo privilegiado de iguales, y les endilgamos defectos para que otros los rechacen: por piel, por idioma, por creencia, por dinero, por sexo, o por ideologías.

Nos molesta que tengan algo que a nosotros se nos escapa de los dedos y, si no pudimos apropiarnos de ello, por lo menos habremos sembrado la duda sobre su origen, acusandolo de desgracias e infortunios, para así erradicar de nuestra presencia al distinto.
Ofendemos, porque no hemos aprendido la maravillosa virtud de la humildad, que nos permitiría abrir los ojos a miles de experiencias nuevas, en donde deberías reaprendernos como especie.
Pero preferimos dejarlo ahí, antes de cruzar el abismo y descubrir que el mundo es más grande de lo que pensábamos. No sea que nos ocurra lo mismo que a Adán y a Eva al comer la manzana y perdamos el diminuto paraíso ficticio que otro creo para nosotros y no encontremos ninguna serpiente a mano para echarle la culpa. ¡¡Buenas noches!!

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