Estado N° 174 (6 de diciembre de 2017).
El deseo es como una cosquilla que va subiendo en nosotros las ganas
de reír, es igual a tomar una bebida que nos libere de las inhibiciones
y, bajo la excusa de nuestro estado de inconsciencia, hacer todo
aquello que en otras circunstancias no nos permitiríamos realizar.
Nos hemos vuelto cada vez más desenfrenados, en una espiral en la que vivimos permanentemente obnibilados por las luces de colores que nos muestran, sin pensar en las consecuencias de nuestros actos.
Vivimos en una etapa en donde el dolor del otro, sus pensamientos, lo que quiere, no nos importa, porque el desafío es obtener todo lo que queramos, aunque en realidad no nos haga falta o la concreción sea un delito, al que buscamos evadir la condena porque justificamos todo bajo la excusa de no saber qué estábamos haciendo.
Nos hemos vuelto cada vez más desenfrenados, en una espiral en la que vivimos permanentemente obnibilados por las luces de colores que nos muestran, sin pensar en las consecuencias de nuestros actos.
Vivimos en una etapa en donde el dolor del otro, sus pensamientos, lo que quiere, no nos importa, porque el desafío es obtener todo lo que queramos, aunque en realidad no nos haga falta o la concreción sea un delito, al que buscamos evadir la condena porque justificamos todo bajo la excusa de no saber qué estábamos haciendo.
Lo sabíamos antes de embriagarnos, ya sea con alcohol, con drogas o con
nuestro propio capricho, y conocíamos las consecuencias de nuestros
actos, pero no nos queremos hacer cargo de pagar las consecuencias.
Porque queremos vivir en una permanente pre adolescencia en donde nada
es culpa nuestra. Porque el egoísmo imperante hace que nada nos importe
más que nosotros mismos, incluso aún, ante el riesgo de la vida ajena.
¡Feliz miércoles!
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