Estado N° 103 ( 17 de mayo de 2017).

Cuando pasa el tiempo, los recuerdos dejan de doler, para volverse un pequeño paraíso, un lugar al que volvemos para descubrir que fuimos felices.

Cuando la vida cubre con un manto de piedad y tapa aquéllas cosas que nos dolieron, quedan los momentos hermosos, las sensaciones de paz y se revela ante nuestra mirada la certeza de que algunas locuras fueron las cosas más razonables que pudimos hacer.

Cuando las lágrimas bañaron nuestros rostro y se llevaron cada rastro de amargura, cuando, conociendo como terminaría todo, nos preguntamos si volveríamos a vivir esos momentos o si valió la pena y la respuesta es un rotundo "sí", es porque hemos cruzado un puente muy frágil e inestable, el del perdón.
En el tránsito hasta ese punto podemos caernos, trastabillar, retroceder, volver a intentarlo y temer nuevamente que todo se venga abajo, o podemos elegir quedarnos en esa orilla en donde todo se ve teñido con la niebla del rencor, del dolor y del enojo. Podemos permanecer ahí todo lo que nos quede de vida, evitando enfrentarnos con nosotros mismos.

Y podemos limpiarnos el alma, llorar todo lo que nos quede por dentro, tomar coraje y cruzar ese puente imaginario, con todos nuestros miedos a cuestas, hasta llegar del otro lado y asumir que ese enojo que sentíamos era con nosotros mismos, por no querer perdonarnos el haber amado.

Del otro lado ya no hay niebla, los recuerdos sólo nos muestran cuán afortunados fuimos en haber sido felices una, dos, tres, las veces que sean, que supimos tocar la gloria y que aún nos quedan oportunidades por vivir. Pero sólo las podremos disfrutar si cruzamos ese puente y perdonamos de verdad. ¡Feliz y bonito miércoles!

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